Posiblemente hayas conducido por una carretera romana y no lo sepas

Viajar no era algo común en la antigüedad. Como explica Maribel Bofill, profesora de formación vial, divulgadora y responsable del blog Gladiatrix en la Arena, “para la inmensa mayoría de la población la vida transcurría prácticamente en su totalidad en el espacio que podían cubrir a pie entre la salida y la puesta del sol. Lo que venían a ser, como mucho, unos treinta o cuarenta kilómetros a la redonda del lugar donde uno vivía”. Los desplazamientos más largos estaban reservados para soldados, comerciantes “y otras gentes de mal vivir”.

Los caminos y carreteras, no obstante, fueron esenciales para la expansión de determinadas civilizaciones. Ocurrió en la antigua Roma, sobre todo en tiempos del Imperio. La practicidad romana pronto comprendió la necesidad de una red viaria que comunicara los territorios dentro de sus dominios para favorecer el comercio.

Pero también que la construcción de vías que se extendieran más allá de sus fronteras resultaba esencial para la expansión del Imperio. Los romanos se lanzaron a la ambiciosa empresa de construir una red de comunicaciones desde el océano Atlántico al mar Rojo, pasando por las islas británicas o el mar Negro. La mayoría de estas carreteras romanas siguieron en uso durante el siguiente milenio o incluso más, como asegura Bofill.

Tanto es así que muchas de nuestras actuales autopistas y carreteras respetan el antiguo trazado romano. Ocurre con la autopista Ruta de la Plata (A-66), que transcurre entre Gijón y Sevilla. Para encontrar el origen de esta vía hay que remontarse al siglo VII a. C. cuando los tartesos utilizaron un corredor natural que transcurría por el oeste de la península para conectar comercialmente con el norte de la meseta.

Imagen: Rutadelaplata.com
Imagen: Rutadelaplata.com

Según se explica en Rutadelaplata.com, es en época del emperador Augusto, y sobre todo con Trajano y Adriano, cuando este paso se configura como una carretera romana: “En sus inicios unía Emerita Augusta (Mérida) con Asturica Augusta (Astorga), y continuaba por la  XXIII, Iter ab Ostio Fluminis Anae Emeritam Usque, hasta Sevilla por el sur, y hasta Gijón por el norte a través de la Vía Carisa (…). La primitiva calzada y sus prolongaciones naturales crearon una gran ruta de comunicación que unía la cornisa cantábrica con las tierras del sur de Hispania”, explican en la misma web.

La carretera romana más larga en la península ibérica, la Vía Augusta, que con una longitud de unos 1.500 km unía la actual Cádiz con los Pirineos, mantiene a día de hoy su trazado en algunas de las vías de la actual red de carreteras. La A7, también conocida como autovía del Mediterráneo, que transcurre desde Algeciras a Barcelona, es una de ellas. También la N-340, que parte desde Cádiz a la Ciudad Condal, y que en su primer tramo hasta Murcia transcurre por la antigua Vía Augusta.

En Italia, la Vía Aemilia, que unía las actuales Rímini y Piacenza, mantiene su trazado en parte de la actual Strada statale 9 Via Emilia.

Pero ¿cómo era el mapa de carreteras del Imperio? A falta de un Google Maps de la época, algunos proyectos llevados a cabo en los últimos años han tratado de esbozar cómo sería el entramado viario en aquella época. Es el caso del diseñador y estadístico estadounidense Sasha Trubetskoy.

A partir de fuentes clásicas, como el Itinerario Antonino, o modernas como el proyecto Pelagios, entre otras, Trubetskoy ha cartografiado las principales vías romanas existentes en el 125 d. C, inspirándose en la estética de los mapas de metro.  

 Imagen: Sashat.me
Imagen: Sashat.me

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