Por estas razones se forman los atascos

Vas conduciendo por la carretera y todo va como la seda. Hasta que, de repente, el coche que tienes delante frena. Incluso enciende las luces de emergencia. Delante, decenas (¿o centenas?) de vehículos detenidos. Pero ¿qué ha pasado? ¿Cuánto tiempo estaremos parados?

 

Pese a ser más frecuentes de lo que serían deseables, los atascos son algo a lo que los conductores no nos acabamos de acostumbrar. Su recurrencia tampoco contribuye a que los conductores que los sufren sepan las razones por las que se forman. Y eso que, en la mayoría de los casos, el origen de los atascos está en los propios conductores.

 

¿Cómo se forman los atascos?  

 

Los grandes atascos, esos que nos obligan a frenar e incluso permanecer parados durante algún tiempo, se forman porque el número de vehículos en la vía es superior a la capacidad de esta. Por suerte, este tipo de situaciones suelen darse solo en las llamadas horas punta en determinadas carreteras o en momentos puntuales a lo largo del año, como el comienzo o el fin de las vacaciones o el fin de semana.

 

Con tal densidad de vehículos, cualquier maniobra inesperada puede provocar que la velocidad de los coches que se encuentran más cerca se reduzca, provocando así lo que suele llamarse el efecto oruga o mariposa. Waleed Mouhali, docente e investigador de Física en ECE Paris, calcula en un artículo publicado en The Conversation que si el primer vehículo reduce su velocidad un 10%, el coche que va diez puestos por detrás de él lo hará un 20%.

 

Una situación que, a su vez, genera el llamado efecto acordeón. Este se origina por el tiempo de reacción de los conductores, ya que los primeros vehículos en la cola tardan menos tiempo en recuperar la velocidad que los que vienen a continuación. Según la Dirección General de Tráfico (DGT), en una fila de 2.000 coches, que provocan un atasco de unos 15-16 km, si el segundo coche tarda un segundo en reanudar la marcha tras hacerlo el primero, el tercer coche tardaría un segundo más. Y así ocurriría sucesivamente hasta llegar al último coche, que tardaría hasta 30 minutos en volver a ponerse en marcha.

 

Tiempo que podría ser mayor aún si los conductores atascados tardan más del tiempo normal en reaccionar por no estar atento a lo que sucede delante de ellos. De ahí que su principal consejo de la DGT para evitar este tipo de situaciones sea el mantener plena atención y guardar la distancia de seguridad para evitar posibles frenazos que causen estos indeseables efectos en la carretera.  

 

 

La solución, ¿más carreteras?

 

Teniendo en cuenta que, como apuntábamos al principio de este artículo, los atascos se generan cuando el tráfico de una vía es superior a la capacidad de esta, la solución podría ser sencilla: ampliar su número de carriles o bien construir otra carretera capaz de captar parte de los vehículos que transitan habitualmente por la otra.

 

Pero no es tan sencillo. Es más, como explica el propio Waleed Mouhali en su artículo, una decisión de ese tipo podría provocar un descenso de la velocidad media del tráfico de la zona. O incluso más atascos, como ocurrió en Stuttgart en los 60, cuando se decidió ampliar una de las carreteras de acceso a la ciudad, lo que provocó aglomeraciones de vehículos aún mayores.

 

Mouhali atribuye el efecto a la denominada paradoja de Braess, que lleva el nombre del matemático alemán que la desarrolló en 1968. Según su teoría, el motivo por el que el flujo de tráfico general empeora cuando se añade o se amplia una de las vías de acceso es porque los conductores optan por la ruta más adecuada para ellos, sin tener en cuenta la decisiones del resto de conductores. De esta manera, se sobrecarga la que consideran la vía más rápida.

 

Pero ¿se pueden evitar los atascos?

 

Son varios los estudios que a lo largo de las últimas décadas han tratado de dar con las causas de los atascos y, por ende, la solución para solucionarlos. A pesar de que en lo referente al tráfico no existe un bálsamo de Fierabrás, las conclusiones de muchas de estas investigaciones coinciden, al menos, en señalar a la impaciencia de los conductores y a no guardar una distancia de seguridad como las más comunes.

 

Ambas circunstancias están detrás de los frenazos bruscos, que para el físico alemán de la universidad de Duisburg-Essen Michael Schreckenberg es el gran culpable de la mayoría de los atascos. También los cambios de carril constantes que realizan algunos conductores. Cuando estos se producen en medio del tráfico congestionado, no hacen sino incrementar el tiempo de espera de los conductores que vienen por detrás.

 

En declaraciones a Business Insider, el científico alemán alertaba de que lo peor, en ocasiones, viene una vez que se reanuda la marcha después de un parón: «Cuando el tráfico por delante se despeja es cuando algunos conductores pueden ponerse en peligro, ya que muchos sienten que han sido liberados y pierden la concentración. Y a menudo conducen directamente al final de la siguiente onda de congestión. Para evitar los atascos, debemos ser cooperativos y dejar pasar a los demás».

 

En resumen, guardar la distancia de seguridad, conducir con calma y sin ansiedad y mantener una velocidad constante serían los tres grandes consejos que, de ser seguidos por la mayoría de los conductores, evitarían muchos atascos.

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